Polvo Eterno

(Un relato breve que escribí hace tiempo. Creo que es muy "visual"; yo siempre lo imaginé como un cortometraje, así que si alguien se anima le cedo los derechos con mucho gusto, 8)


Polvo eterno


"Querido amigo:

Te escribo hoy con el único propósito de hacerte partícipe de la última experiencia que este interminable verano me ha deparado. Sin duda una de las más impactantes y sorprendentes de mi ya no tan corta vida. Así que dejaré las consabidas trivialidades referentes a la climatología y a los familiares para otro momento en el que no tenga nada más interesante que relatarte e iré directamente a referirte esto que me ha sucedido y que, seamos sinceros, me tiene bastante alterado. La verdad es que siento que no resisto más sin hablar de tal asunto con alguien, y tú sabes, estimado Ricardo, que siempre has sido una persona de plena confianza para mí, un amigo de veras; incluso diría que como un hermano mayor en ciertos aspectos. Precisamente es a tu más dilatada experiencia a la que en esta ocasión apelo sin preámbulos para que de ella pueda extraer alguna sugerencia que me haga ver todo esto con más objetividad, pues en el momento presente no soy capaz de pensar más que en lo sucedido y en las secuelas que en mi razón ha dejado. Ricardo, como desearía que no fuese ya el estío y estuvieses aquí para poder dialogar de ello directamente. La verdad es que desde que todo sucedió ando como trastornado y no sé muy bien qué es lo que me pasa, así que creo que tu consejo y tu punto de vista pueden serme de gran ayuda.

Sé que si no lo hubiese vivido, si sencillamente alguien me hubiera relatado esta historia como yo ahora deseo relatarte a tí, me hubiera costado bastante esfuerzo creer que tan estrafalarios sucesos pudieran haber sido en algún caso ciertos...

Empezaré por asegurarme de que no te has olvidado de Rosita, la hija del viejo Libero, el leñador italiano. Hace bastantes años, no recuerdo cuántos exactamente, cuando aún la pandilla de la escuela no se había disgregado, fuimos a escondidas una noche a su casa, ¿recuerdas? Con toda la leyenda negra que les rodeaban a él y a su hija era todo un reto acercarse a su propiedad, a las afueras del pueblo, sobre todo a aquellas horas de la madrugada, y unos chiquillos con ganas de descubrir hasta donde eran capaces de llegar su valentía y su coraje no podían dejar pasar la oportunidad. ¡Cómo hemos cambiado!¿Verdad, Ricardo? Supongo que también recordarás que era ya bien entrada la noche cuando conseguimos por fin llegar a la alejada morada del viejo Libero, y que justo en el momento en el que íbamos a empezar a arrojar piedras contra las ventanas de la hacienda se abrió una de las puertas delanteras y todos, al oírlo, nos quedamos completamente inmóviles y con los ojos bien abiertos, pues nuestra curiosidad solía siempre resultar más intensa que nuestro miedo. Una niña con una larga y oscura melena salió lentamente de la casa con un pequeño pastel de hojaldre entre las manos y caminó unos cuantos pasos justo en nuestra dirección, hacia las matas del jardín que bordeaba la parcela entre las que permanecíamos ocultos. Después dejó el pastel en el suelo, a escasos metros de nuestra supuestamente infalible guarida, volvió corriendo a su casa y cerró la puerta con premura. Pues bien, esta chiquilla que tan sutilmente nos hizo desistir de la idea de destrozar los cristales era Rosita, la hija de Libero el leñador.

Desde entonces no me he vuelto a cruzar con ella en demasiadas ocasiones. Recuerdo su presencia en algunos días de mercado, cuando acompañaba a su padre para vender la leña y las figurillas de ajedrez de madera de boj que él tallaba. La recordaba como una muchacha que aunque rara vez pronunciaba palabra desprendía una gran alegría en cada gesto de su cada vez más sugerente cuerpo. En cualquier caso hacía bastante tiempo que no había vuelto a verla, ni a saber de ella, hasta que todo ocurrió...

Hace unos días, mientras volvía en bicicleta del Paraninfo después de asistir a una de las tediosas y soporíferas clases del Curso Estival de Literatura Hispánica, me topé con un cortejo fúnebre que se dirigía al cementerio. Escoltaban el féretro muy pocas personas, la mayoría plañideras de avanzada edad, todas vestidas de riguroso luto. Pregunté a algunos transeúntes por la identidad del difunto. Al parecer un fortuito accidente mientras talaba un árbol había acabado con la vida del viejo Libero. De inmediato busqué con la mirada a su hija Rosita, mientras reflexionaba sobre la inesperada noticia y pensaba que, al menos hasta donde yo conocía, ella había quedado sola en el pueblo. En ese preciso momento el carro con el cajón pasó por delante de mí y me permitió descubrir algo más atrás a Rosita, que para mi sorpresa estaba mirándome fijamente con sus enormes ojos verdes. No sé cuanto tiempo estuvimos con la mirada clavada el uno en el otro, pero lo recuerdo como una eternidad, quizá debido al paso lento y pesado de la comitiva. Su rostro era algo frío, sereno, maduro, y en su mirada no había el más leve indicio de llanto ni de angustia. Y, para mi gran sorpresa, justo cuando pasó a mi lado oí salir de sus labios unas palabras casi susurradas que me hundieron más aún en el estado de ensimismamiento en el que su fija mirada me había sumergido;
-"En la puerta del camposanto. A medianoche"-

Quedé atónito por el suceso. Sólo cuando el séquito giró para tomar la avenida que lleva al cementerio y dejé de verla alejarse calle abajo comencé a razonar con cierta nitidez. Al principio juzgué que era una locura y que la fama de chiflados que ella y su padre se habían ganado debía de haber sido originada justamente por comportamientos tan fuera de costumbre como éste. Al fin y al cabo no la conocía prácticamente de nada y no tenía deber ninguno de considerar su proposición de acudir a tan poco acogedor lugar a esas horas de la noche. Pensar en ella como una desequilibrada excéntrica me dió cierto sosiego en las siguientes horas. Además, ¿qué extraños y tétricos motivos pueden hacer a una joven cuyo padre acaba de expirar desear ir a medianoche a la puerta del Huerto del Señor acompañada por un caballero, si es que yo era el único convidado a ese delirio? Algunos pasajes leídos acerca de los métodos profanatorios del satanismo y la brujería practicados en épocas no tan lejanas cruzaron por mi entendimiento, y en mi búsqueda de una explicación a todo esto alcancé a imaginar macabras escenas que no veo preciso, querido Ricardo, describirte aquí. Sin embargo no podía quitarme de la cabeza la imagen de su rostro y su penetrante y firme mirada. Después de la cena, no sé muy bien de qué manera, llegué a la conclusión de que estuviese o no trastornada, alquien capaz de mirar así no podría hacerme mal alguno. Y aún no sé por qué excepcional influjo de lo ocurrido, acabé olvidando lo extraño y macabro del caso y viéndome a mí mismo arreglándome con mi mejor traje para acudir a mi estrambótica e inesperada cita con la hija de Libero el leñador. Después de todo, estimado Ricardo, quizá no hayamos cambiado tanto desde aquella infancia en la que nuestra curiosidad nos impelía a indagar todo lo que supusiera una novedad, un riesgo, un reto o una aventura.

Mientras caminaba, bastante excitado y nervioso, por cierto, siguiendo las calles que llevan desde mi domicilio hasta el cementerio, seguí cavilando acerca de todo lo ocurrido y mi mente no cesaba de dictarme justo lo contrario que mi corazón, el cual había resultado más poderoso y dirigía mis piernas hacia el encuentro, haciéndome comprender que la enorme curiosidad que ella me había despertado me guiaba ciegamente.

Llegué con unos diez minutos de adelanto a la cita y sin embargo ella ya estaba esperando justo delante de la verja principal. Aquella era noche de luna llena, por lo que a pesar de que esta zona, al estar en las afueras de la ciudad, no disponía de faroles que la alumbrasen, pude guiarme con facilidad por entre los solares. Sólo comencé a distinguir claramente su esbelta figura una vez dejé atrás el sendero que cruza el último descampado y que lleva directamente al muro que bordea el camposanto. Yo había dado por hecho que ella vestiría el mismo traje de luto que llevaba por la mañana, pero para mi sorpresa lucía un largo vestido blanco de gasa y seda que le llegaba hasta los tobillos. La visión, mágica gracias a la luz de la luna y a una ligera brisa que ondulaba sus ropas me dejó petrificado, pues la tela dejaba ver perfectamente todas sus líneas y yo nunca había alcanzado a imaginar que Rosita, esa muchacha solitaria y reservada, pudiera en verdad ser tan bella y hermosa.

A medida que me acercaba a ella fui relentizando mis pasos, hasta que me detuve a poco más de un metro de su figura a la vez que me quitaba el sombrero. Permanecimos unos instantes mirándonos mutuamente, como intentando descifrar las intenciones que circulaban por la mente del otro. Ella se limitaba a sonreír. Era una sonrisa de extremada sencillez y naturalidad que consiguió que empezase a dejar de pensar en mil cosas sobre sus posibles propósitos. En cierto momento, sin haber cruzado aún ni una sola palabra, yo comencé a sonreír también. Entonces ella entrecruzó sus brazos por mi cuello y me besó tiernamente en la mejilla. Después, antes de que yo pudiera siquiera reaccionar ante esto, me tomó de la mano y comenzó a andar lentamente, guiándome hacia el interior del cementerio.

Fui incapaz de oponer resistencia alguna, aunque, como bien puedes suponer, no estaba en absoluto sosegado ante aquella situación y en algunos momentos a punto estuve de soltar mi mano de la suya y romper el silencio para pedirle explicaciones sobre sus intenciones. Tras un par de minutos de tenso recorrido, ella se detuvo y llegamos al predecible término de nuestra senda. Un golpe frío me invadió al leer la inscripción tallada en gruesas letras sobre la lápida:

"AQUÍ YACE DON LIBERO GIACOMONI CASTELLI, NACIDO EN LA CIUDAD DE ROMA EL 20 DE JUNIO DE 1843 Y LLAMADO AL REINO DE DIOS EN ESTA LOCALIDAD EL 15 DE OCTUBRE DE 1903"

Fue como si por un instante recobrase la cordura y me diera verdadera cuenta de lo que estaba sucediendo, de lo absolutamente estrafalario, pervertido e ilógico de la situación. Y, querido Ricardo, me sorprendí a mí mismo aceptando con el entendimiento lo que ya había aceptado con el alma; comprendí que yo, en pleno uso de mis facultades y con total lucidez, había decidido entregarme por entero a aquella criatura que me estaba ofreciendo algo tan completamente inédito y excitante. Mi mente abandonó definitivamente la tarea de oponer resistencia ante todo lo ocurrido. Sin un solo instante de duda, tras dedicarme una última mirada de complicidad, el ser inmaculado que me había seducido se arrojó en mis brazos apasionadamente y comenzó a desvestirme ante el sepulcro de su difunto padre. Y en verdad te digo, amigo Ricardo, aún a riesgo de parecerte un imprudente depravado, que en ningún acontecimiento anterior de mi vida me había sentido más excitado que en éste. Con un leve gesto se despojó de su delicada prenda y me encaramé a su cuerpo con igual o mayor ansia que ella al mío. Me afané con todas mis energías en no dejar de sentir ni una sola porción de su piel en la mía, en no dejar de beber de su boca todo el misterio que su ser ofrecía. Abandoné definitivamente todo atisbo de duda, sentí en todo mi cuerpo una liberación profunda y me entregué a ella de modo casi desesperado.

Abrumado por el placer que estaba conociendo tanto en mi propio cuerpo como en su mirada no fui consciente del momento preciso en el que tendí su espalda sobre el mármol de la tumba de su padre, pero me descubrí a mi mismo sobre ella cuando me dejé elevar en su tierno vientre. Tras esto sé que permanecimos largo rato abrazados con fuerza, recuperando la realidad en pequeñas porciones, retardando la llegada de emociones impredecibles cuya aparición ambos divisábamos con certeza absoluta.

Recobré poco a poco cierto juicio y tuve por primera una visión clara de lo que había sucedido. Sinceramente me asusté en cierta medida de mí mismo y de Rosita por todo lo que acabábamos de hacer. Levanté el rostro de su cuerpo y contemplé atónito su expresión. Tenía los ojos completamente abiertos, difundiendo una tranquila mirada que mostraba una especie de alivio y sosiego. La verdad es que tuve la impresión de que tenía poco o nada que ver con el hecho de que acabáramos de haber estado haciendo el amor tan apasionadamente. Más bien se diría que era algo totalmente premeditado que ella necesitaba realizar para liberarse de una carga. El rostro duro y frío de la Rosita que había visto aquella misma tarde había desaparecido por completo, dando lugar a otro muy distinto que mostraba un ser apacible, puro, inocente y sosegado.
Tras esto distinguí su expresión variando poco a poco, y en breve comenzó a llorar. Poco después, cuando yo ya me había retirado y comenzaba a ponerme la ropa con cierto apremio se hizo un ovillo sobre sí misma y lloró como estoy seguro no lo había hecho hasta entonces.

Ahora su rostro se arrugaba como el de un niño; la rabia y el dolor ante la desgracia fluían por fin libremente atravesando su cuerpo desnudo. Lloraba realmente, amigo mío, como se llora por un padre muerto. Aquello me impresionó en gran medida y sentí que por primera vez desde que había empezado toda esta historia comprendía y aceptaba, de alguna manera extraña y poco perceptible, lo que ella había querido hacer. En ese momento, observando a Rosita completamente desnuda, con su larga cabellera negra desbaratada, gimiendo y sollozando con toda franqueza acurrucada sobre la tumba de su padre, alcancé a pensar que no se trataba en absoluto de otra rareza más de la hija de Libero el italiano. Tuve la certeza de que en ello había un sentido oculto, una belleza profunda que quizá tan sólo ella era capaz de apreciar. Empecé a considerar todo aquello como una especie de ofrenda póstuma, de último regalo que ella deseaba brindar a su querido padre. Y sentí que mi ser se llenaba de una gratitud inmensa, como nunca antes había sentido, ante el hecho de que yo había sido elegido para conocer esa hermosura y esplendor que ella llevaba en lo más profundo de su alma. En aquel instante, ante aquella imagen, aún no sé muy bien por qué, vi derrumbarse gran parte de todo aquello que hasta entonces había tenido alguna importancia para mí, todo lo que había aprendido en la escuela, el bachillerato y la Universidad, todas las creencias que hasta entonces había albergado interior, todo lo que para mí había sido apreciable, virtuoso y digno de reconocimiento y elogio, todo lo que me había rodeado hasta entonces, todo mi mundo en suma. Y sentí que de alguna manera que no soy capaz de explicar Rosita me enseñó la lección que inconscientemente siempre había estado buscando. Sé que todo esto no parece más que un delirio y a veces me asusto de mis propias cavilaciones y reflexiones, pero te digo con seguridad, estimado Ricardo, que no he podido ni podré volver a ser el mismo después de lo ocurrido y que mi cabeza bulle con ideas de las que anteriormente no podría haber sospechado ni siquiera su existencia.

En cualquier caso, querido amigo, y dondequiera que sea que me lleven estos nuevos sentimientos que la asombrosa Rosita ha sembrado en lo más profundo de mi alma, sé que jamás olvidaré el momento en el que ella comenzó a incorporarse lentamente de la losa de mármol y pude leer claramente en grandes letras la palabra


grabada en la piel de su espalda. La luna, cubierta en parte por las nubes, iluminaba tenuemente su cuerpo, y yo sentí claramente que el destino, a la luz quizá de mi ceguera, había decidido escribir en su carne el mensaje que, creo que en ese momento lo comprendí, ella siempre había querido transmitirnos con sus extravagancias y sus comportamientos tan alejados de las costumbres usuales de la gente común.

Ahora que ya conoces la historia te ruego, querido Ricardo, que me hagas llegar lo antes posible una misiva, a modo de respuesta, en la que me des tu opinión sobre el asunto y tus consejos, que sé que en todo caso me serán de gran utilidad.

Sin más, confiando en tus capacidades, plenamente consciente de que la magnitud de los hechos no te sobrepasará, y orgulloso de haber depositado una vez más por entero mi confianza en tí se despide aguardando tu respuesta con impaciencia este tu amigo que siempre lo será.

En la localidad de Guadalejo del Olmo, a 25 de octubre de 1903"

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